Quarantine Zone: The Last Check propone una aproximación distinta al apocalipsis zombi: en lugar de disparar sin descanso, el jugador asume el papel de un soldado encargado de inspeccionar a los supervivientes que buscan refugio en un puesto de control militar. El objetivo es identificar a los infectados, enviar a cuarentena a los sospechosos y permitir el acceso solo a quienes estén sanos, mientras se cumplen cuotas periódicas de personas rescatadas.

Al inicio, los síntomas son fáciles de reconocer, pero con el avance de los días aparecen nuevas variables que complican la labor: heridas ocultas, parásitos, órganos deformados y contrabando. Para ello se desbloquean distintas herramientas de inspección y análisis en laboratorio, lo que introduce cierta progresión. Sin embargo, tras la primera hora el bucle de juego se vuelve muy evidente y repetitivo, limitándose a seguir procedimientos cada vez más largos sin que aumente realmente la tensión o la complejidad de las decisiones.

La gestión del campamento existe, pero es superficial. El dinero se obtiene con facilidad y las mejoras se compran sin grandes sacrificios estratégicos, por lo que rara vez se generan dilemas reales. Las misiones secundarias y las secciones de acción con drones contra hordas de zombis añaden variedad, pero resultan poco relevantes y terminan sintiéndose como relleno más que como parte esencial de la experiencia.
En lo técnico, el apartado visual es funcional pero poco inspirado, con escenarios coherentes con el contexto de una ciudad en ruinas, aunque sin destacar artísticamente. El rendimiento ha mejorado con parches recientes, aunque persisten pequeños fallos en controles y estabilidad. El sonido es discreto, con pocos temas musicales y efectos correctos, sin llegar a crear una atmósfera realmente opresiva.