Cloudbreaker es uno de esos roguelites que toman varias ideas conocidas y las combinan de una manera lo suficientemente particular como para conseguir una identidad propia. Su propuesta mezcla la acción de un twin-stick shooter y los bullet hell con elementos de Vampire Survivors, progresión incremental y, sobre todo, un sistema de gestión de inventario que convierte la organización del interior de nuestra nave en un auténtico rompecabezas. El resultado todavía necesita bastante trabajo de pulido, pero su base mecánica es sorprendentemente sólida. Cada partida comienza seleccionando una nave para lanzarnos directamente a un mundo aéreo repleto de enemigos. Conforme avanzamos iremos desbloqueando nuevas naves, cada una con distribuciones, características y posibilidades diferentes. Durante las incursiones encontraremos armas, piezas y equipamiento que tendremos que colocar dentro del espacio disponible de la nave, girando cada objeto para conseguir que encaje correctamente. La comparación con un Tetris no es exagerada: administrar bien cada centímetro disponible puede marcar una diferencia considerable a la hora de construir nuestro arsenal.

La gracia está en que no se trata simplemente de acumular el mayor número de objetos posible. La distribución de las piezas y la manera en que interactúan entre ellas permite crear configuraciones muy diferentes. Podemos apostar por campos de minas, equipar un cañón de riel para destruir enemigos a distancia o utilizar bobinas Tesla para generar daño de otra manera. La variedad de posibilidades hace que cada partida invite a experimentar y descubrir qué combinaciones funcionan mejor, y en ocasiones también permite crear configuraciones bastante absurdas pero tremendamente divertidas. A esto se suma una buena dosis de aleatoriedad. Durante cada incursión podemos encontrar reliquias especiales que proporcionan importantes ventajas, pero una vez colocadas ya no pueden moverse, por lo que conviene pensar antes de ocupar un espacio. Esta limitación obliga a prestar atención tanto a lo que encontramos como a la distribución general de nuestra nave. Entre el espacio reducido, los objetos que aparecen aleatoriamente y las decisiones permanentes que debemos tomar, incluso una partida relativamente corta puede convertirse en un pequeño ejercicio de planificación.

Las incursiones normales duran aproximadamente veinte minutos, dependiendo del ritmo al que consigamos superar a los jefes. Cada zona cuenta con diferentes enemigos y varios enfrentamientos contra jefes, mientras que quienes busquen una experiencia más prolongada pueden desbloquear un modo sin fin para comprobar cuánto tiempo son capaces de mantener con vida su nave. Esta estructura funciona especialmente bien porque evita que cada partida se vuelva demasiado larga, pero al mismo tiempo consigue que siempre exista esa sensación de “una más” gracias a las posibilidades de mejorar nuestra siguiente configuración. Entre partidas podemos utilizar los recursos obtenidos para desbloquear nuevas naves y piezas, mejorar permanentemente nuestro equipamiento o incluso modificar las probabilidades de aparición de determinados objetos. Este último sistema resulta especialmente interesante porque permite orientar progresivamente las futuras partidas hacia determinados estilos de construcción. Si queremos buscar una configuración concreta, podemos aumentar las posibilidades de encontrar las piezas necesarias, mientras que también podemos simplemente dejar que el azar nos sorprenda y construir algo completamente diferente.

La combinación de todos estos sistemas es precisamente lo mejor de Cloudbreaker. El juego no se limita a copiar una fórmula de supervivencia y añadirle un inventario; cada una de sus mecánicas está relacionada con las demás. Combatir nos permite conseguir recursos, esos recursos sirven para mejorar nuestras posibilidades futuras y el equipamiento que encontramos durante cada incursión modifica directamente nuestra manera de combatir. La gestión del espacio, por tanto, deja de ser un minijuego independiente y se convierte en una parte fundamental de la estrategia. Sin embargo, Cloudbreaker todavía tiene bastante margen de mejora. El sistema de mejoras permanentes puede sentirse demasiado genérico en determinados momentos y el balance necesita bastante trabajo. Algunas combinaciones parecen mucho más efectivas que otras y todavía se percibe cierta irregularidad a la hora de determinar qué configuraciones son realmente viables. No arruina la experiencia, pero sí deja claro que el juego necesita más tiempo para ajustar sus números y conseguir que una mayor variedad de estrategias tenga sentido.
Aun así, lo interesante es que estos problemas parecen estar relacionados principalmente con el pulido y el equilibrio, no con una falta de ideas. Cloudbreaker tiene una base mecánica muy bien planteada y da la impresión de que sus sistemas fueron diseñados pensando en cómo interactuarían entre sí. No se siente como una colección aleatoria de mecánicas tomadas de otros juegos, sino como una combinación deliberada de conceptos que consigue generar algo bastante entretenido. Y precisamente por eso resulta fácil pasar varias horas jugando bajo la clásica excusa de “una partida más”. Entre la necesidad de organizar la nave, descubrir nuevas piezas, probar configuraciones, desbloquear mejoras y enfrentarse a oleadas cada vez mayores de enemigos, siempre existe algún objetivo que invita a realizar otra incursión. Incluso cuando una construcción no funciona como esperábamos, el propio proceso de descubrir por qué falló forma parte de la diversión.