Routine es uno de esos proyectos que parecían condenados a quedarse como una promesa perdida en el tiempo. Anunciado hace más de una década con un breve pero impactante adelanto, el título pasó años atrapado en un desarrollo caótico que hizo dudar incluso de su llegada al mercado. Contra todo pronóstico, finalmente ve la luz, y lo hace como una aventura de ciencia ficción en primera persona que combina exploración, sigilo y terror ambiental, desarrollada por un equipo sorprendentemente reducido. La historia sitúa al jugador en una base lunar abandonada, donde el protagonista despierta sin respuestas claras y debe reconstruir lo ocurrido a través de fragmentos dispersos, en una experiencia que prioriza la atmósfera por encima de la narrativa directa.

Desde el apartado visual, Routine apuesta con convicción por una estética retrofuturista inspirada en la ciencia ficción de los años ochenta y noventa. Tonos verdosos, espacios oscuros y una arquitectura fría refuerzan la sensación de aislamiento constante, mientras que el uso de Unreal Engine 5 no solo eleva el impacto visual, sino que sorprende por una optimización sobresaliente incluso en equipos modestos. El trabajo sonoro es otro de sus grandes pilares: el diseño de audio construye tensión de forma gradual y efectiva, utilizando silencios, ruidos mecánicos y ecos metálicos que convierten cada pasillo en una fuente potencial de ansiedad. Jugar con auriculares no es una recomendación opcional, sino casi una condición para apreciar plenamente la experiencia.

La estructura jugable se apoya en la exploración meticulosa de las mismas áreas de la base, obligando a memorizar espacios y rutas mientras se buscan códigos, accesos y pistas repartidas en terminales, notas y grabaciones. El planteamiento rehúye cualquier tipo de guía moderna: no hay marcadores, indicaciones claras ni ayudas visuales, lo que convierte la observación y la lectura en herramientas fundamentales. Este diseño puede resultar extremadamente gratificante para quienes disfrutan deducir por su cuenta qué hacer y hacia dónde ir, pero también puede generar frustración en aquellos menos pacientes, especialmente durante las primeras horas.

El sigilo, uno de los elementos que prometía ser central, se siente poco desarrollado. Los enemigos robóticos presentan comportamientos erráticos y, en muchos casos, fácilmente explotables, lo que reduce considerablemente la tensión durante buena parte del recorrido. Aunque más adelante se introduce una amenaza más intimidante que intenta elevar el nivel de peligro y evocar sensaciones cercanas a Alien: Isolation, el impacto es limitado y pierde fuerza con rapidez. La ausencia total de armas refuerza el enfoque defensivo, pero también deja en evidencia la falta de profundidad en las mecánicas de evasión.

Toda la experiencia gira en torno al uso del C.A.T., una herramienta multifunción que actúa como interfaz, sistema de guardado, llave de acceso y medio de interacción con el entorno. Su concepto es interesante y coherente con el universo del juego, pero su implementación puede resultar torpe en situaciones críticas, ya que su activación no es inmediata y requiere una gestión manual poco ágil. Esta decisión de diseño aporta originalidad, pero también añade fricción innecesaria al ritmo de la partida.
Routine es, ante todo, un viaje sensorial. Su mayor fortaleza reside en la ambientación, en la sensación constante de soledad y en la satisfacción que produce avanzar gracias a la propia observación y razonamiento. Sin embargo, también es un título marcado por expectativas difíciles de cumplir tras tantos años de espera. El sigilo poco pulido, la fuerte dependencia de la búsqueda de códigos y su carácter esencialmente lineal lo convierten en una experiencia intensa pero poco rejugable, que se disfruta sobre todo en una primera y única partida.